Las instalaciones de luz de Teamlab son tecnológicamente impresionantes y artísticamente discutibles. La separación de los dos juicios es necesaria: uno puede reconocer la complejidad del software que genera los entornos inmersivos y al mismo tiempo preguntarse si lo que produce es arte o entretenimiento sofisticado. La respuesta honesta es que la pregunta no está resuelta y probablemente no necesita estarlo.
El público de Teamlab no va buscando la respuesta a esa pregunta. Va a caminar entre proyecciones de flores y olas que reaccionan al movimiento, a fotografiarse dentro de un espacio que produce imágenes automáticamente atractivas, a experimentar algo que no existe en ningún otro contexto. Eso es legítimo. Los juicios sobre si es arte o no suelen venir de fuera del espacio.
Teamlab como empresa tiene una escala de operación inusual para una organización que se presenta como colectivo artístico: instalaciones permanentes en Tokio y otras ciudades, colaboraciones con marcas de lujo, una capacidad de producción que requiere centenares de personas. El modelo de negocio es el del entretenimiento cultural premium, y funciona en términos de asistencia y rentabilidad.
Las dos instalaciones permanentes en Tokio —una en Odaiba, otra en Azabudai Hills— tienen perfiles de público distintos. La de Odaiba es más accesible y más familiar. La de Azabudai Hills, en el complejo nuevo de Mori Building, tiene un precio de entrada más alto y una selección de obras orientada a un visitante con mayor tolerancia a la abstracción. La diferencia entre las dos es también la diferencia entre Teamlab como producto masivo y Teamlab como propuesta.
Teamlab merece una visita antes de tener una opinión sobre él, y merece una opinión honesta después de la visita, sea la que sea. El error está en descartarlo sin verlo porque parece comercial y en defenderlo sin matices porque parece japonés y tecnológico. Entre los dos extremos hay algo que funciona de una manera específica para un público específico, y eso no es poco.