La isla del Mar Interior de Seto donde Tadao Ando construyó tres museos bajo tierra. Llegar a Naoshima desde Tokio requiere el shinkansen hasta Okayama o Uno y después el ferry. El viaje es parte del argumento: la isla no está diseñada para el acceso fácil, y eso selecciona a quien llega.
Los museos de Ando —el Chichu, el Lee Ufan, el Benesse House— tienen en común la manera en que tratan la luz natural como material de construcción. El Chichu en particular, enterrado en la colina sin fachada visible, organiza el recorrido para que la luz cambie con la hora del día y la nube. Un Monet visto al mediodía y al atardecer no es el mismo Monet. Ando lo sabe.
La iniciativa de transformar Naoshima en isla de arte contemporáneo fue de la empresa Benesse, que empezó a invertir en la isla en los años noventa cuando era un lugar de industria pesada en declive. El modelo es particular: una empresa privada financia museos permanentes, invita a artistas a intervenir las casas del pueblo antiguo, y crea una infraestructura cultural que funciona como destino sin necesitar al sector público. En Japón eso es posible de una manera que en otros contextos lo es menos.
La Pumpkin de Yayoi Kusama en el muelle es probablemente la escultura más fotografiada de Japón después del Fuji. Su presencia en Naoshima —una isla pequeña y relativamente inaccesible— dice algo sobre cómo funciona la reputación en el mundo del arte contemporáneo: la inaccesibilidad puede ser un multiplicador de deseo.
Naoshima no es un día de excursión: es al menos una noche en la isla para entender qué hace diferente a un lugar construido desde la convicción de que el arte justifica el viaje. Quien llega de prisa y se va en el mismo ferry puede ver las obras. Quien se queda tiene acceso a la isla cuando los grupos se han ido, que es cuando los museos funcionan de otra manera.