Al oeste, en la Chuo Line, donde los alquileres todavía tienen sentido y las tiendas de vintage no han subido los precios porque creen que el barrio tiene que seguir siendo accesible. Esa creencia es un lujo en Tokio, una posición que requiere resistir la presión del mercado de manera activa. Algunos lo consiguen; otros han cedido. El barrio todavía está en ese punto de equilibrio inestable.
Koenji tiene una densidad de tiendas de ropa de segunda mano por metro cuadrado que no se explica solo por la economía: hay una cultura del vintage aquí que viene de la tradición musical del barrio, de las bandas de rock que ensayaban en locales de la zona en los años ochenta y noventa y que dejaron un sustrato de gustos y referencias que persiste en los compradores actuales.
Los fines de semana de agosto el barrio alberga un festival de awa-odori que trae a cientos de miles de personas a ver la danza tradicional de Tokushima ejecutada en las calles de Tokio. Es uno de los festivales de verano más grandes de la ciudad y transcurre en un barrio que el resto del año no figura en ningún mapa turístico. La contradicción es característica.
La oferta musical en vivo de Koenji —salas pequeñas, conciertos de bandas que están empezando y de músicos que llevan décadas sin salir de ese circuito— tiene una calidad media que en otras ciudades del mundo costaría más encontrar. No es el underground curado de Shimokitazawa: es más irregular, más crudo, más dispuesto al accidente afortunado.
Koenji es el tipo de barrio que existe porque todavía tiene gente que lo habita y trabaja desde la convicción de que el precio de las cosas no tiene que seguir el mercado si el mercado no entiende el valor de lo que tiene. Esa posición es política aunque nadie la llame así. Y es también la razón de que el barrio sea lo que es y no una réplica de Harajuku.