El parque del lago en Kichijoji, al final de la Keio Line. En primavera la ribera del lago se llena de cerezos y la ciudad entera parece desplazarse hasta aquí para la misma fotografía. El resto del año Inokashira Park es otra cosa: los patos en el lago, los músicos que ensayan en los caminos, los estudiantes que comen en la hierba, el pequeño zoo con aves y pequeños mamíferos que no pretende competir con nada.
Kichijoji como barrio tiene la reputación de ser uno de los más deseados para vivir en Tokio, según encuestas periódicas que los propios habitantes del barrio reciben con algo de escepticismo. Lo que hay allí es una combinación de escala manejable, buena conexión, independencia comercial y proximidad al parque. No es un misterio. Es simplemente un barrio que funciona.
El Museo Ghibli está a diez minutos a pie del parque y tiene acceso restringido por reserva previa. Llevarlo aquí no es inevitable —el parque existe por sí mismo— pero la coexistencia de ambos ha convertido la zona en destino reconocible para un segmento de visitante específico. El parque absorbe ese tráfico sin cambiar de carácter porque tiene suficiente extensión y porque la mayoría de los visitantes del Ghibli no se quedan en el parque.
Alquilar una barca de pedales en el lago de Inokashira es una actividad que muchos tokiotas han hecho al menos una vez y que nadie describe como imprescindible. Es lo que es: una barca en un lago pequeño en medio de la ciudad, con los árboles alrededor y el sonido amortiguado del tráfico. La escala humana de eso, en Tokio, no es poca cosa.
Inokashira Park no tiene ningún argumento excepcional salvo el de ser un parque que funciona como parque: un lugar donde la ciudad se detiene sin que nadie tenga que ir muy lejos para encontrarlo. Eso en Tokio, donde el espacio es el recurso más escaso, es más de lo que parece.