A noventa minutos en el Romancecar de Odakyu. El tren tiene ventanas panorámicas orientadas hacia el frente y sirve bebidas en el asiento. No es el shinkansen y no aspira a serlo: el Romancecar tiene su propia velocidad, su propio ritmo, su propia manera de hacer que la salida de Tokio sea ya parte del viaje en lugar de un trámite.
Hakone es montaña, aguas termales y un lago con el Fuji al fondo cuando el tiempo lo permite. La probabilidad de ver el Fuji en su totalidad en un día cualquiera no es tan alta como las postales sugieren: hay niebla, hay nubes, hay días de lluvia. Quien hace el viaje condicionado a la postal puede llevarse una decepción. Quien va a pasar un día en aguas calientes con o sin montaña tiene garantizado el día.
La red de transporte dentro de Hakone es una de las curiosidades del turismo japonés: funicular, teleférico, barco y autobús conectan los puntos del área en una secuencia que parece diseñada por alguien que quería que el transporte fuera parte de la experiencia. El teleférico sobre el valle volcánico activo con olor a azufre es uno de los tramos más inusuales de transporte público disponible a menos de dos horas de una megalópolis.
Los ryokanes de Hakone tienen una escala de precio y calidad muy amplia. Los más conocidos y fotografiados tienen lista de espera en temporada y precios acordes. Los más modestos, que siguen siendo ryokanes con aguas termales y cena kaiseki, exigen menos planificación y ofrecen la misma esencia. La distinción entre los dos no siempre justifica la diferencia de precio.
Hakone funciona como válvula de presión de Tokio: la ciudad que no para tiene a noventa minutos un lugar que obliga a parar. El onsen no es opcional en ese contexto —es la razón de ir. El resto, el Fuji, el museo al aire libre, el teleférico volcánico, son capas adicionales sobre la cosa central: entrar al agua caliente y quedarse el tiempo suficiente para que Tokio se aleje un poco.