El sento de barrio que lleva décadas funcionando con la misma rutina: agua muy caliente, agua fría, silencio, vapor. En una ciudad que renueva su skyline con la frecuencia de quien cambia de ropa, el baño público sigue siendo el mismo edificio bajo con el tejado de teja, la chimenea, la cortina de tela separando el mundo exterior del interior.
Dentro, la lógica es otra. Uno se desviste, deja la ropa en la canastilla de madera, entra al espacio de los azulejos y los grifos bajos y empieza la secuencia sin que nadie tenga que explicarla. La temperatura del agua no es sugerencia: es la temperatura que es, y uno se adapta o no entra. Los habituales no miran al recién llegado que tarda más en acostumbrarse.
El sento tiene en Japón una función social que el país ha tardado en reconocer como patrimonio, quizás porque nunca lo vio como tal —era simplemente lo que la gente hacía cuando no había baño en casa. Ahora que casi nadie vive sin cuarto de baño, los que siguen yendo lo hacen por elección, y eso ha cambiado el perfil sin cambiar el espacio. El mismo edificio, otra composición.
Lo que se compra en un sento no es higiene sino tiempo fuera de escala. La bañera colectiva obliga a soltar el teléfono, obliga al silencio, obliga a un ritmo corporal que la ciudad no facilita. Los viejos que van cada tarde lo saben de manera instintiva; los más jóvenes que han vuelto a ir lo han tenido que aprender de nuevo.
El sento de barrio es una institución que sobrevive porque resuelve algo que el apartamento de cuarenta metros cuadrados no puede resolver: el espacio para estar sin hacer nada y sin dar explicaciones. En Koganei, en Koenji, en Sangenjaya, los que quedan siguen abriendo cada tarde con la chimenea encendida y el agua en temperatura. Entrar cuesta menos de lo que imaginas.