Un sótano en el CBD decorado como brasserie de Lyon de los años cuarenta. La descripción suena a escenografía, y en cierto sentido lo es, pero la diferencia entre una escenografía que funciona y una que no es si la cocina que ocurre dentro está a la altura de la puesta en escena. En Hubert, está.
El espacio tiene mesas de madera oscura, velas, espejos con manchas de época, músicos que tocan jazz en vivo las noches que toca. El nivel de detalle es el de alguien que fue a buscar referencias directas, no el de alguien que hizo una búsqueda de imágenes. Eso se percibe en cosas menores: el peso de los cubiertos, la altura de los vasos, el tipo de papel que forran las cartas.
La carta no es de fusión ni de producto local elevado al cuadrado: es cocina francesa clásica con los ajustes que impone trabajar en Australia, donde ciertos productos existen y otros no. El steak tartare, los escargots, el cassoulet cuando está en la carta: cosas que en el contexto del CBD de Sydney pueden parecer anacrónicas y que aquí tienen exactamente el sentido que deben tener.
Sydney tiene restaurantes más innovadores, más contemporáneos, más citados en los listados internacionales. Hubert no compite en esa liga y no necesita hacerlo. Es el tipo de restaurante donde uno puede cenar sin sentir que está participando en la demostración de algo. Esa tranquilidad tiene un valor considerable.
El restaurante Hubert resuelve un problema que la cocina australiana contemporánea a veces olvida que existe: el de la cena sin pretensión, sin manifiesto, sin argumento que defender. La comida es buena, el vino es interesante, el espacio es bello, y nadie va a explicarte por qué mientras comes.