La carretera costera que sube por New South Wales hacia Queensland es larga, no especialmente bonita en su tramo más transitado, y lleva a Byron Bay, que es el sitio más ambivalente de Australia: simultáneamente el lugar donde uno querría estar y el lugar que los que estuvieron primero están intentando recuperar de los que llegaron después.
El trayecto en coche desde Sydney son unas ocho horas si uno no para, que es la forma incorrecta de hacerlo. La Pacific Highway tiene desvíos que justifican el viaje por sí solos: Port Macquarie, Coffs Harbour, el valle de Bellingen que está veinte kilómetros hacia el interior y que en un día ordinario tiene la luz y la temperatura y el sonido que uno esperaría de algún lugar más lejano.
Byron Bay fue un pueblo de pescadores y mochileros antes de convertirse en lo que es ahora: una economía de bienestar de alta gama donde el yoga cuesta lo que cuesta y donde las casas que antes alquilaban los surfers durante meses se rentan ahora por semana a precios que el mercado de Sydney habría rechazado hace diez años.
La playa sigue siendo real. El faro, el más al este de Australia continental, sigue siendo el mismo. Los delfines siguen apareciendo. Pero el pueblo que había alrededor de esas cosas es ahora otra cosa, y la distancia entre lo que Byron vende y lo que Byron puede ofrecer a quien llega con la expectativa que Byron vende es una fuente de insatisfacción generalizada que nadie menciona en los reels.
La Pacific Highway hacia Byron Bay es uno de esos viajes que vale la pena hacer al menos una vez para entender por qué Australia no cabe en sus propios mitos. El paisaje es real, el mar es real, la distancia es real. Lo que hay al final del camino es más complicado que la postal, como suele ocurrir con todos los finales de camino que merecen recorrerse.