La columna vertebral de Sydney alternativo es King Street, y King Street es Newtown, y Newtown lleva décadas siendo el barrio donde todo lo que no cabe en el Sydney oficial termina encajando. Eso incluye la política, la música, la identidad queer, los vegetarianos de primera generación y los tatuadores que abrieron antes de que los tatuajes fueran moda.
El barrio tiene la densidad urbana que el resto de Sydney, construido para el coche, no tiene. Las fachadas de terracota victoriana, las librerías de segunda mano que todavía funcionan, los pubs donde la programación musical se anuncia con carteles fotocopiados: es una escala humana que Sydney ha perdido en la mayoría de sus barrios y que aquí persiste porque el trazado de las calles no lo permite de otra manera.
La gentrificación llegó y tuvo sus efectos: los alquileres subieron, los artistas se fueron a Marrickville, algunas tiendas de toda la vida cerraron para dejar paso a cafeterías con café de especialidad. Pero Newtown tiene suficiente masa crítica de diversidad —suficiente historia, suficiente densidad de gente que no quiere que cambie— como para que el proceso no haya terminado de limpiar la textura.
Los domingos por la tarde en el Courthouse Hotel o en el Townie son el Newtown que más se parece a sí mismo: bandas locales, entrada gratuita o de precio simbólico, público que mezcla edades e identidades con una naturalidad que en otros barrios de Sydney no existe. Eso no ocurre por accidente sino por acumulación de años de práctica.
Newtown no es perfecto ni inmune al tiempo, pero es el lugar de Sydney donde el presente todavía negocia con el pasado en lugar de simplemente reemplazarlo. Esa negociación produce fricciones y produce también los únicos barrios que valen la pena.