Tres horas al sur de Sydney, si uno sale temprano y la autopista Princes Highway coopera. Jervis Bay tiene la arena más blanca que uno puede ver en esta parte del mundo —el blanco no es una hipérbole de folleto, es consecuencia de la composición mineralógica— y eso sería suficiente para justificar el trayecto incluso si no hubiera nada más.
Pero hay más. El agua es tan clara que la profundidad se vuelve engañosa: lo que parece estar a un metro está a tres. Los delfines aparecen con una regularidad que no es garantizada pero que tampoco es rara. Los canguros al atardecer en los bordes del parque nacional salen a pastar como si los coches fueran un elemento del paisaje que llevan siglos ignorando.
Jervis Bay no está masificado en el sentido de Bondi o de la costa más próxima a Sydney, pero tampoco es un secreto. Los locales de Canberra —que está a dos horas en dirección diferente— la usan como playa propia, y los fines de semana de verano la presión sobre los campings y las casas de alquiler es real.
El pueblo de Huskisson tiene la escala justa: lo suficiente para comer bien, para alojarse sin depender de una tienda de campaña, sin llegar al punto donde el desarrollo destruye lo que uno fue a buscar. Ese equilibrio es frágil y no hay garantías de que se mantenga.
Jervis Bay es el argumento más sólido que tiene New South Wales para convencer a alguien de que la costa australiana no se reduce a Bondi. El problema es que cuanto más convence, más gente llega, y el lugar que se fue a buscar deja progresivamente de existir en los términos en que fue encontrado.