Cuando Sydney decide ser hedonista lo hace a lo grande y sin demasiada elegancia, que es quizás la forma más honesta de ser hedonista. El Ivy Pool Club, en el complejo del mismo nombre en el CBD, es el ejemplo más representativo de lo que la ciudad produce cuando tiene dinero y quiere pasarlo bien en público.
La piscina en una azotea del centro, rodeada de tumbonas, con música que se oye desde la calle de abajo, es un concepto que en otro contexto podría ser ridículo. En Sydney, en enero, con esa luz, funciona. El clima hace mucho trabajo que en ciudades más templadas tendría que hacer el diseño.
El Ivy como complejo ocupa una manzana completa y tiene más de diez bares y espacios diferenciados. Es la versión australiana del megaclub europeo, pero sin la oscuridad ni el humo: todo pasa en espacios abiertos o semi-abiertos, con luz natural cuando la hay, con la ciudad visible. El hedonismo aquí no necesita esconderse.
La clientela del pool los viernes por la tarde es predecible en el sentido útil del término: gente de entre veinticinco y cuarenta años que trabaja en el CBD y que considera esto una extensión razonable de la semana laboral. La ropa es la de la oficina sin la chaqueta. El estado de ánimo es el del viernes a las cinco.
El Ivy Pool Club no pretende ser refinado y eso lo hace más honesto que muchos sitios que sí lo pretenden. Es una piscina cara en una azotea con mucha gente y música alta. Que eso sea exactamente lo que promete y lo que entrega es, en el contexto de la industria de la noche, casi una declaración de principios.