Holden cerró sus plantas australianas en 2017 y con eso terminó algo que iba más allá de la industria del automóvil. El Commodore V8 era un objeto cultural con la misma carga simbólica que el cricket o el día de ANZAC: uno podía no interesarse por él y aun así saber lo que representaba.
El V8 era un motor para un país donde las distancias son reales. No el tipo de distancia europea —tres horas de autopista entre capitales— sino el tipo de distancia donde la carretera cruza el interior durante dos días sin que cambie el paisaje de forma significativa. Para eso hacen falta ocho cilindros y un depósito grande.
El Bathurst 1000, la carrera de resistencia anual en el Monte Panorama, era el evento donde el Commodore y su rival de Ford se enfrentaban durante mil kilómetros frente a una audiencia que en algunos años superó en número a la de cualquier otro evento deportivo australiano. Eso no se improvisa: es devoción, y la devoción requiere un objeto al que entregarse.
Que la planta cerrara fue presentado como consecuencia de la globalización y los acuerdos de libre comercio. También fue consecuencia de que Australia no quiso pagar el precio de mantener una industria que el mercado solo no podía sostener. Ambas cosas son ciertas y no se contradicen.
Lo que se perdió con el Commodore no fue solo un coche: fue la última manufactura de algo masivo e icónico que Australia producía para sí misma. El país importa ahora todos sus coches. Eso es eficiente. También es una forma de dependencia que no todo el mundo procesó con calma.