Cuatro cócteles en pizarra, cambian cada día según qué llegó al mercado. El menú de Bulletin Place dura exactamente lo que dura el producto fresco que lo inspira, lo cual es una forma de decir que aquí no se puede reservar lo que uno va a beber antes de llegar.
La barra está en el piso de arriba de un edificio sin pretensiones en una calle del CBD que uno cruzaría sin mirar. Los barmans trabajan con frutas de temporada, con hierbas, con vinos naturales, con una lógica de cocina aplicada al vaso que en Sydney tiene ya varios años de práctica pero que aquí lo ejecutan con menos afectación que en la mayoría de sitios.
El formato de carta corta que cambia a diario es más honesto que la mayoría de los menús de cócteles con veinte páginas: elimina la ilusión de elección y pone al cliente en manos del criterio del bartender. En un lugar donde ese criterio es bueno, como aquí, eso es una ventaja. En un lugar donde no lo es, sería catastrófico.
Sydney tiene más bares de cócteles serios de lo que su reputación de ciudad de cerveza fría dejaría suponer. El movimiento lleva años consolidándose y Bulletin Place es parte de la primera generación que lo hizo sin importar nada de afuera, construyendo con lo local y dejando que el resultado hablara.
Lo que diferencia a Bulletin Place de la mayoría de bares que dicen hacer lo mismo es que la estacionalidad no es aquí un argumento de marketing: es la razón de existir. Eso cambia el tipo de conversación que uno tiene en la barra, que siempre es más interesante cuando el bartender no puede esconderse detrás de un recetario fijo.