El estudio del pintor australiano más importante del siglo XX está conservado exactamente como estaba cuando murió en 1992. Eso significa que hay desorden, que hay manchas de pintura en el suelo, que hay cosas apiladas sin criterio de museo. Es un alivio. Los estudios de artistas convertidos en santuarios ordenados son una contradicción en los términos.
Brett Whiteley pintó Sydney antes de que Sydney se convirtiera en lo que es: los puertos, el agua, los cuerpos, el color azul como obsesión. Hay algo en su obra que captura la luz de esta ciudad con una honestidad que ningún fotógrafo de postales ha conseguido después. No porque sea mejor: porque tenía algo que perder al pintarla.
Murió de sobredosis en Thirroul, al sur de Sydney, con cincuenta y tres años. Su vida fue el tipo de biografía que en Australia se cuenta con incomodidad: el genio que se destruyó, el exceso como método, la belleza y el desastre como caras del mismo movimiento. El estudio guarda eso sin edulcorarlo.
Surry Hills, donde está el estudio, era en los tiempos de Whiteley un barrio de working class, de industria ligera, de alquileres baratos que atraían a artistas y a gente sin muchas opciones. Hoy es el barrio de los cafés de especialidad y los estudios de diseño. El estudio de Whiteley es el único edificio de la calle que recuerda para qué servía el barrio antes.
Entrar al estudio de Whiteley es una de las pocas experiencias en Sydney donde el tiempo no ha sido gestionado. No hay didáctica excesiva, no hay pantallas interactivas. Hay un espacio que sigue oliendo a trementina y a alguien que trabajó aquí con urgencia, y eso es suficiente.