El diseñador de moda más importante de Australia nació en Kioto y lleva décadas trabajando desde un estudio en Woollahra que no aparece en ningún mapa turístico. Que sea japonés y que Australia lo haya adoptado como propio dice algo sobre el país: aquí la identidad nacional se construye siempre con materiales de fuera, lo cual es tanto una virtud como una incomodidad no del todo resuelta.
Lo que hace Isogawa no es fusión en el sentido blando del término. Sus tejidos mezclan la delicadeza del diseño japonés —el silencio de la tela, el pliegue como argumento— con algo más rugoso y orgánico que viene del paisaje australiano. El resultado no se parece a nada, y ese es exactamente el punto.
Woollahra, donde trabaja, es un barrio de galerías discretas, joyerías caras y calles donde los árboles son más antiguos que la mayoría de los edificios. No es el sitio donde esperarías encontrar a alguien que subvierte convenciones: es precisamente por eso que encaja. Lo radical aquí no grita.
La moda australiana tiene un problema estructural de visibilidad: queda en el extremo del mundo, en otro hemisferio, en una zona horaria que no dialoga con Milán ni con París. Isogawa resolvió eso a su manera: ignorándolo. No se mudó, no siguió el circuito, y eso le otorgó una coherencia que los que corrieron detrás del calendario no tienen.
Hay diseñadores que hacen ropa y diseñadores que construyen un argumento. Isogawa está en el segundo grupo. Sus prendas no son prendas que uno compra para parecer algo; son prendas que uno compra cuando ya sabe quién es y quiere que la tela lo sepa también.