Un antiguo colegio público en Little India reconvertido en hotel boutique con cuatro plantas de diseño diferente resuelve el problema que tiene Little India para quien quiere quedarse en el barrio: no hay hoteles que encajen con la escala y la textura de la calle. Wanderlust encaja, o al menos lo intenta con más honestidad que la mayoría.
Cada planta tiene un lenguaje visual distinto, lo que en la práctica significa que el pasillo de tu planta es diferente al del vecino de arriba y al del de abajo. Eso puede parecer caprichoso hasta que entiendes que un hotel en un edificio escolar de varias décadas no tiene por qué pretender una coherencia que el edificio original nunca tuvo.
Little India a las siete de la mañana desde la ventana del hotel suena a lo que suena Little India a las siete de la mañana: los vendedores de flores abriendo, las motos, las primeras clientas de los restaurantes de idli y sambar que sirven desde temprano. Eso no lo da ningún hotel de Orchard Road ni de Marina Bay.
El precio es inferior al de los grandes hoteles del centro porque Little India no es el centro y porque el edificio, aunque bien mantenido, tiene la edad que tiene. Esa diferencia de precio permite quedarse más días o gastar en otra cosa. En una ciudad tan cara como Singapore, un hotel con criterio que no sea de lujo es en sí mismo un argumento.
Elegir dónde te quedas en una ciudad es una decisión sobre qué ciudad vas a ver. Quedarse en Wanderlust significa quedarse en Little India, con todo lo que eso implica de ruido, de olor, de textura y de distancia al tipo de Singapore que aparece en los rankings internacionales. Esa distancia no es un inconveniente: es exactamente lo que hace el hotel interesante.