El destino gastronómico más serio del Sudeste Asiático no está en Thailand, no está en Vietnam, no está en Indonesia, y definitivamente no está en Singapore aunque Singapore tenga tres estrellas Michelin y un sistema de hawker centres declarado patrimonio inmaterial. Está en una isla frente a la costa noroeste de Malaysia a cuarenta minutos de vuelo desde Changi.
George Town tiene una diversidad gastronómica que viene de su historia: fue puerto de libre comercio en el siglo XIX y absorbió cocinas malayas, chinas hokkien y cantonesas, indias tamiles, y la mezcla peranakan específica de este lugar. Cada una evolucionó en paralelo y en contacto. El resultado no es fusión sino coexistencia, que es más interesante.
El char kway teow de Penang no es el de Singapore. El laksa de Penang no es el de Singapore. El nasi kandar no existe de la misma manera en ningún otro sitio. Son variantes que han evolucionado independientemente durante generaciones, y la diferencia no es de calidad sino de carácter. Hay que comer los dos para entender que son platos distintos con el mismo nombre.
El centro histórico de George Town está declarado Patrimonio de la Humanidad y tiene la concentración de shophouses del período colonial más densa de la región. No todo está en buen estado: hay fachadas que se caen, hay locales vacíos, hay una especulación inmobiliaria que en los últimos años ha empujado a los residentes originales hacia la periferia. Es un patrimonio que se vive, no un museo.
Ir a Penang desde Singapore con la única intención de comer bien no es excesivo. Es una de las pocas razones para coger un avión de cuarenta minutos que se justifica por sí sola, sin necesidad de añadir playas ni hoteles de diseño ni ninguno de los argumentos habituales. La comida es suficiente.