Solo los huéspedes del hotel pueden usarla. Eso elimina a la mayoría de la gente que la fotografía desde abajo, desde los jardines, desde los barcos del puerto, y confirma que la piscina infinita del Marina Bay Sands es ante todo una promesa visual, una imagen que circula, una aspiración que para la mayoría de quien la ve permanecerá exactamente en ese estado.
La piscina está en la terraza del edificio más caro de Singapore en el momento de su construcción. Desde arriba se ve la bahía, el Straits of Singapore, los barcos esperando turno para entrar al puerto, el horizonte de Indonesia en los días despejados. La vista es real y es extraordinaria. La piscina es el medio para acceder a la vista, no al revés.
El Marina Bay Sands redefinió la imagen física de Singapore cuando abrió. Antes de él, el skyline era corporativo, intercambiable con el de cualquier ciudad financiera asiática. La barca de hormigón en lo alto de las tres torres añadió algo que ninguna ciudad tenía, y esa singularidad visual se convirtió en identidad exportable.
El hotel tiene más de dos mil habitaciones, varios casinos, galerías comerciales de lujo, restaurantes de chefs internacionales y el Sands SkyPark abierto al público de pago. Todo está diseñado a una escala que hace que el individuo se sienta pequeño, que es la escala de los grandes hoteles de resort cuando lo que venden es la sensación de haber llegado a algún sitio.
La piscina infinita es el símbolo más honesto de lo que Singapore ha construido en las últimas décadas. No es accesible para todos, está literalmente en lo alto, y la vista que ofrece no es la ciudad real sino la versión fotogénica de ella. Es aspiracional por diseño, y funciona exactamente porque no pretende ser otra cosa.