El Garden Rhapsody, el espectáculo de luz y música de los árboles artificiales de veintiocho metros, es bonito la primera vez y exactamente lo mismo la segunda. Eso no es una crítica al espectáculo sino una descripción de lo que es: una producción bien ejecutada, repetible por diseño, que tiene el mismo efecto en el turista que llega por primera vez que en el local que vuelve por decimoquinta vez con visita de familiares.
Los Supertrees son estructuras de hormigón y acero cubiertas de plantas verticales y equipadas con colectores solares. Durante el día son inusuales, fotogénicos, una variante de lo que podría ser la infraestructura verde del futuro. Por la noche se iluminan y suenan, y ese momento es el que aparece en todas las fotos del destino Singapore.
El problema no son los Supertrees: el problema es que Gardens by the Bay ha sido diseñado para ser la versión de Singapore que Singapore quiere exportar. Todo está en su sitio, todo funciona, la explanada es amplia y está limpia, y el resultado es que parece un fondo de pantalla en lugar de un lugar. La presencia humana parece decorativa.
Los invernaderos climatizados, el Flower Dome y el Cloud Forest, son otra cosa. El Cloud Forest especialmente, con su cascada interior y su niebla artificial, tiene una escala que no se puede reproducir en foto y que obliga a cierta humildad física ante algo construido que, sin embargo, huele a tierra húmeda. Esos dos espacios justifican la entrada.
Singapore sabe muy bien cómo construir espectáculo. La pregunta que no se hace en ningún folleto oficial es si el espectáculo reemplaza la experiencia o simplemente la aplaza, y si hay alguna diferencia entre un árbol real de veintiocho metros y uno de hormigón iluminado cuando lo que buscas es algo que te deje sin palabras.