Dave Pynt y su parrilla de cuatro toneladas de ladrillo refractario no son una metáfora sobre la autenticidad ni un experimento conceptual. Son literalmente cuatro toneladas de ladrillo refractario con fuego dentro, y un cocinero australiano que decidió hacer en Singapore lo que en ningún otro sitio de la región se estaba haciendo con esa seriedad.
El fuego de roble controla la cocina, no al revés. Eso significa que el menú cambia según lo que el fuego permite ese día, que no todo está disponible siempre, y que el punto de las brasas es una variable real que alguien monitoriza constantemente. No es teatro: es que la parrilla manda.
Teck Lim Road es una calle tranquila en Keong Saik, un área que lleva una década acumulando restaurantes serios entre shophouses restauradas. Burnt Ends encaja en ese paisaje sin haberse propuesto encajar: llegó cuando el barrio todavía no era lo que es ahora, y su presencia contribuyó a que fuera lo que es.
Las reservas hay que hacerlas con semanas de antelación para los horarios convenientes, y la barra sigue siendo la opción más interesante: desde ahí ves trabajar el fuego, oyes el sonido de la grasa sobre las brasas, percibes el calor que irradia el ladrillo incluso cuando estás a metro y medio. Es información que no tienes sentado en una mesa del fondo.
El mérito de Burnt Ends no es haber traído la cocina a la llama a Singapore. Es haberlo hecho con una consistencia que resiste la comparación internacional, en una ciudad donde el listón gastronómico es suficientemente alto como para que esa afirmación no sea publicidad.