El bar en la planta baja del Parkview Square no pide disculpas por nada. El edificio es un delirio gótico-art déco que parece diseñado por alguien que nunca tuvo que elegir entre el exceso y la contención, y que optó sabiamente por el exceso. Cuando entras al Atlas lo primero que ves es la torre de ginebra: una estructura que sube varios pisos con botellas iluminadas como reliquias en una catedral laica.
La carta de ginebras es, en la práctica, un documento de investigación. No están ordenadas por precio sino por origen y estilo, con anotaciones que asumen que el cliente sabe lo que busca. El bartender no te da una clase magistral si no la pides, y eso, en un bar así, es ya un acto de respeto.
El Parkview Square fue durante años uno de esos edificios que Singapore construyó con la seguridad de que la ambición arquitectónica no necesitaba justificación. Lo rodean torres de vidrio corporativo, y ahí está él, imperturbable, con sus gárgolas y su granito, sin pedir perdón por existir.
La clientela a última hora de la noche mezcla financieros de Raffles Place, expats con dinero suficiente para no preocuparse por los precios y algún local que sabe exactamente lo que está tomando. No hay turistas perdidos. La ubicación lo filtra, y el precio también.
Hay bares que son famosos por una sola botella, y otros que lo son por la actitud con la que sirven todas las demás. El Atlas es de los segundos: la torre de ginebra es la excusa, pero la razón para volver es que el sitio funciona con una seriedad que la mayoría de los bares de diseño de esta ciudad ni siquiera intentan alcanzar.