El tren nocturno París-Venecia ha vuelto, y con él ha vuelto una forma de viajar que una generación entera creía definitivamente liquidada por las aerolíneas de bajo coste. El Nightjet hace el recorrido con la lentitud que el viaje nocturno exige: sale por la tarde, atraviesa los Alpes de noche, llega a Venecia por la mañana. En ese tránsito ocurre algo que el vuelo de noventa minutos no permite: el viaje existe como experiencia propia, no solo como medio para llegar a otro lado.
El compartimento del tren nocturno tiene una economía del espacio que los hoteles de ciudad no tienen. Todo está pensado para el uso eficiente de un espacio pequeño: la litera que se despliega, la red para el equipaje de mano, la botella de agua y el kit de noche que aparecen cuando uno no los esperaba. La incomodidad relativa es parte del pacto, y quienes viajan en tren nocturno la aceptan porque saben lo que compran.
Cruzar los Alpes de noche en tren es una experiencia que el ojo registra en fragmentos: los túneles, las luces de los pueblos en las laderas, los pasos de montaña que el tren sortea con una calma que el avión, volando por encima de todo eso, no puede ofrecer. Algunos duermen sin ver nada. Otros se quedan despiertos más tiempo del previsto mirando por la ventana hacia la oscuridad que pasa.
La llegada a Venecia en tren es radicalmente diferente a la llegada en avión. El tren entra en la ciudad cruzando el puente que la separa del continente, y desde ese puente la laguna aparece a ambos lados con la luz de la mañana. No hay carretera de aeropuerto, no hay taxi ni autobús. Hay un andén y al final del andén está Venecia.
El tren nocturno no compite con el avión en velocidad: compite con él en la calidad del tránsito, que es una categoría que el mercado de vuelos baratos convenció a una generación entera de que no existía. La vuelta del Nightjet demuestra que existía, que existirá, y que la gente que lo usa entiende una cosa sobre viajar que la tarifa de bajo coste nunca podrá enseñar.