Existe en París. Eso es todo lo que necesita saberse sobre el Hard Rock Café de París: que está ahí, que funciona, que cada día tiene fila, y que esa fila no la forman parisinos. La presencia de esta franquicia junto a los Grands Boulevards no es una anomalía del capitalismo global: es uno de sus síntomas más visibles y menos interesantes.
El interior es el interior de todos los Hard Rock Café: guitarras firmadas enmarcadas en las paredes, hamburguesas con nombres de canciones, camisetas en la tienda junto a la salida. El modelo no varía porque no necesita variar: la propuesta no es descubrir París sino traer a París lo que ya se conoce de casa. La franquicia vende certeza, no experiencia.
Lo más revelador del Hard Rock Café no es el local sino su entorno. Está en un barrio con restaurantes franceses de todo tipo, bistroιts tradicionales, brasseries con historia, cocinas del mundo que llevan décadas en el mismo sitio. La elección de entrar aquí en lugar de en cualquier otro sitio a doscientos metros requiere un esfuerzo de ignorancia que no siempre es fácil de mantener.
No tiene sentido moralizar sobre el turismo que come en el Hard Rock Café. La gente hace lo que puede con la información que tiene, y si lo que conoce es una marca global con menú predecible, la seguridad que eso ofrece tiene valor real. El problema no es el visitante que entra: es el sistema que produce visitantes con tan poca información que el Hard Rock les parece la opción razonable.
El Hard Rock Café de París es el espejo menos cómodo de la ciudad: te dice qué tipo de turismo produce y qué produce ese turismo a cambio. Mirarlo y seguir de largo es un acto de higiene intelectual que cualquier visitante que haya leído algo sobre la ciudad debería poder practicar sin esfuerzo.