Las esclusas del canal, los puentes de hierro, las botellas de vino en el bordillo: el Canal Saint-Martin tiene una estética tan coherente que a veces cuesta recordar que no fue diseñado para ser fotografiado. El canal se excavó a principios del XIX para abastecer París de agua y facilitar el transporte de mercancías. Esa historia industrial explica los puentes basculantes, las esclusas de operación manual, los muelles de piedra. La melancolía fotogénica vino después, sin que nadie la buscara.
Los sábados por la tarde el bordillo del canal se llena de gente con botellas compradas en los supermercados del barrio. No hay terraza oficial, no hay barra, no hay carta. Hay una forma de ocupar el espacio público que en París tiene una tradición tan larga que ya nadie la cuestiona. La botella en el bordillo del canal es una institución sin nombre.
El barrio alrededor del canal cambió mucho en las últimas décadas. Tiendas independientes, talleres convertidos en estudios, restaurantes que cuidan los detalles sin anunciarlo en la fachada. La gentrificación aquí tiene un ritmo más lento que en otras zonas porque el canal actúa como eje organizador: la gente viene al canal, y alrededor del canal se asienta lo que sirve a la gente que viene al canal.
En primavera el agua refleja los árboles y la luz del norte de manera que los fotógrafos conocen bien pero que no pierde su efecto aunque se sepa el truco. Los puentes basculantes se levantan cuando pasa una barcaza, lo que ocurre con menos frecuencia de la que sugiere el mecanismo. Cuando pasa, la gente para y mira como si fuera la primera vez.
El Canal Saint-Martin enseña que la belleza urbana más duradera no se diseña para ser bella sino para ser útil. Todo lo que tiene de fotogénico era antes funcional. El encanto es el residuo de la función, y eso lo hace más honesto que cualquier intervención paisajística planeada desde el principio como postal.