El parque más hermoso de París no es el Bois de Boulogne ni los Tuileries. Eso lo sabe cualquiera que haya pasado una tarde en las Buttes-Chaumont y no haya vuelto a los otros con la misma devoción. El Bois es bosque funcional para el jogging y los picnics de domingo. Los Tuileries son geometría estatal. Las Buttes-Chaumont son otra cosa: accidentadas, irregulares, con un lago y una isla y una gruta que parecen salidos de un parque inglés adaptado por alguien que no terminó de creer en la moderación.
El parque se construyó sobre una antigua cantera y un basurero en el XIX. Haussmann quería dar al XIX arrondissement trabajador un pulmón verde que sustituyera el paisaje degradado que tenía. El resultado es una topografía artificial que con los años ha envejecido hasta parecer natural: los árboles son enormes, los taludes tienen musgo, el lago tiene profundidad real. Ya no huele a proyecto.
La isla del lago tiene un templo en la cima que no sirve para nada y lo sabe. Desde arriba se ve buena parte del norte de París, incluyendo el Sacré-Cœur, que desde esta distancia parece un accidente de escala en la colina de Montmartre. El viento sube fuerte. La gente sube a veces sin razón clara y baja con la sensación de haber hecho algo que valía la pena.
Los parisinos que viven cerca cuidan el parque con la posesividad tranquila de quien sabe que tiene algo bueno y no quiere que lo descubran demasiado. Las tardes de entre semana el parque es casi suyo: familias, corredores que conocen cada curva del camino, perros que han trazado sus propias rutas entre los setos.
Hay parques pensados para impresionar y parques pensados para usar, y las Buttes-Chaumont consiguieron las dos cosas sin proponérselo. El que quiera el París de postal que se quede en los Tuileries. El que quiera un parque de verdad, que coja el metro hasta Buttes Chaumont y suba la cuesta sin prisa.