Cruzarlo a pie a las cuatro de la mañana, dirección Manhattan, es una de las experiencias urbanas más gratuitas y menos recomendadas de Nueva York. El puente de Williamsburg tiene un carril peatonal que funciona las veinticuatro horas. A las cuatro de la mañana ese carril está casi vacío. Lo que hay es el río, el viento que sube del East River, y la ciudad encendida en ambas orillas.
El skyline del downtown Manhattan desde el centro del puente a las cuatro de la mañana no tiene ninguno de los elementos que lo hacen fotogénico durante el día: no hay barcos, no hay actividad, no hay gente posando. Lo que hay es la estructura iluminada de los edificios más altos, el agua negra del río, y una quietud que en Manhattan en ningún otro momento del día existe.
El puente de Williamsburg es el más ruidoso de los tres puentes que conectan Manhattan con Brooklyn: el tráfico de camiones no para nunca, los trenes del metro que cruzan a nivel hacen vibrar las vigas con una intensidad que se siente en los pies. La caminata es sonora antes que silenciosa. Eso también forma parte del cruce.
A las cuatro de la mañana, quien está en el puente está volviendo de algún sitio o yendo a algún sitio que no se puede llegar de otra manera. No hay turistas. No hay ciclistas de fin de semana. Hay gente que camina porque necesita llegar al otro lado y el metro que viene no merece la espera, o porque la noche todavía no ha terminado y el frío del río es lo que necesitan.
Cruza de Brooklyn a Manhattan, no al revés: así llegas con la ciudad entera delante y el puente de espaldas. El Williamsburg a las cuatro de la mañana no es un ritual ni una experiencia diseñada: es simplemente cruzar un río en el momento en que la ciudad no está mirando, y eso le da al cruce una especie de peso que a otras horas no tiene.