Construido en 1908 para marineros mercantes, el Jane Hotel en el West Village conserva los camarotes originales que se diseñaron para hombres que necesitaban un techo entre viaje y viaje y no pedían más que eso. Hoy esas mismas habitaciones, mínimas y con baño compartido, cuestan lo que cuesta un hotel de tres estrellas en cualquier otra ciudad del mundo. La diferencia es la ubicación y la historia.
El West Village que rodea al Jane es el barrio más caro por metro cuadrado de Manhattan, un vecindario de calles de adoquines y casas de ladrillo del siglo XIX que se ha convertido en el deseo residencial de un tipo específico de persona con dinero suficiente para elegir la escala pequeña. El Jane encaja en ese paisaje por antigüedad, aunque llegó antes que los precios.
El hotel tuvo durante años una reputación de vida nocturna que sus propietarios fomentaron y que la comunidad local toleró con menos entusiasmo. Los bares del hotel y la terraza fueron puntos de referencia de cierto tipo de noche neoyorquina. Esa época ha pasado o se ha moderado según quien cuente la historia.
Lo que permanece es la arquitectura del edificio: la fachada, el vestíbulo de techos altos, las escaleras de madera. Los camarotes son exactamente lo que eran: pequeños, funcionales, con la ventana justa. La cama es estrecha. El espacio para el equipaje es inexistente. En ese sentido, el Jane sigue siendo lo que fue aunque quien lo usa haya cambiado por completo.
Si te quedas aquí, no te quejes del tamaño de la habitación: sabías lo que era cuando reservaste. El Jane es un ejercicio de honestidad tipológica en una ciudad donde la mayor parte de los hoteles prometen más de lo que dan, y esa honestidad, en este vecindario, a este precio, es ya una posición estética.