La librería de segunda mano más grande de Nueva York, en Broadway con la Doce, lleva en el mismo lugar más tiempo del que la mayor parte de sus vecinos llevan en el barrio. El Strand tiene dieciocho millas de libros, según reza el letrero, lo que es una forma de decir que tiene más libros de los que nadie puede ver en una sola visita, que es la cantidad correcta de libros para una librería.
El sistema de organización del Strand no es intuitivo para quien espera la lógica de la gran superficie. Hay secciones claras pero dentro de ellas el orden es aproximado, lo que significa que encontrar algo concreto requiere preguntar o tener suerte, y que encontrar algo que no buscabas pero que querías es casi inevitable. Esta es la lógica correcta de una librería de segunda mano.
La planta de libros nuevos en el nivel de la calle tiene descuentos sobre el precio de portada que no siempre son los mayores del mercado pero que justifican la visita por la selección: aquí no hay las mesas de novedades de las cadenas sino una elección editorial con criterio, donde caben libros académicos, narrativa de autores pequeños y ediciones fuera de catálogo que no aparecen en ningún bestseller.
La sótano tiene los libros de precio reducido, los que van a un dólar o a dos dólares, los que llevan tiempo sin moverse y que alguien decidió que era mejor vender casi regalados que no vender. Aquí es donde aparecen las sorpresas: ediciones antiguas de clásicos, libros de arte de los años setenta, manuales de disciplinas olvidadas.
Entra sin lista de compras y sal con algo que no sabías que existía. El Strand es una de las pocas instituciones de Nueva York que justifica el tiempo que toma sin prometer nada concreto a cambio: la posibilidad de encontrar, que es la razón por la que las librerías de segunda mano siguen existiendo cuando todo lo demás ha migrado a una pantalla.