Llevarse un número de la NYRB de papel es uno de esos gestos que en Nueva York tienen un peso específico difícil de explicar fuera de la ciudad. La New York Review of Books existe desde los años sesenta y ha funcionado como árbitro del debate intelectual anglosajón con una consistencia que pocas publicaciones han mantenido durante tanto tiempo. No es una revista de tendencias: es una revista de argumentos.
El formato es anacrónico en el mejor sentido: páginas grandes, tipografía densa, ensayos que se extienden por varios folios sin que nadie parezca haberse planteado que eso pudiera ser un problema. Los artículos son de una longitud que supone que el lector tiene tiempo, criterio y ganas de discutir. En el paisaje de la lectura contemporánea, esto es casi una declaración política.
Lo que distingue a la NYRB de otras publicaciones similares es que sus críticas de libros son a menudo ensayos independientes que usan el libro como punto de partida para ir a otro sitio. Un crítico de la NYRB puede empezar con una novela sobre la guerra civil española y terminar en una discusión sobre la naturaleza del testimonio histórico. El libro es la excusa, no el destino.
Se vende en los quioscos y en algunas librerías, pero encontrarla requiere un esfuerzo mínimo que ya actúa como filtro. No es una publicación de aeropuerto, no está en la góndola de las revistas de los supermercados. Está donde están los libros, que es donde debe estar.
Cómprala, llévala al parque, lee un artículo entero de principio a fin sin parar. En una ciudad que funciona a velocidad de titular, terminar un ensayo largo de la NYRB sentado en un banco con el sol en la cara es una forma discreta pero real de recuperar algo que la velocidad urbana tiende a llevarse.