En Nueva York no se conduce. Esto no es una aspiración ni una política de transporte progresista: es un hecho estructural de la ciudad. Manhattan tiene una densidad y un sistema de calles que hacen del coche un instrumento de tortura para quien lo usa y para quien está alrededor. Nadie que viva aquí de verdad conduce a Manhattan si puede evitarlo.
El metro, el autobús, los taxis, los servicios de movilidad compartida: la ciudad tiene capas de transporte que se superponen con una redundancia que en otros lugares se llamaría derroche pero que aquí es lo que mantiene a dieciséis millones de personas moviéndose. Que el metro sea caro, lento en comparación con otras ciudades, y esté en estado de mantenimiento constante no impide que sea la columna vertebral de todo.
El visitante que viene con coche desde el aeropuerto y lo lleva al garaje de Midtown pagará por ese garaje más de lo que costaría el metro durante una semana. El que lo deja en un barrio sin garaje pagará en tiempo de búsqueda de aparcamiento lo que no pagará en dinero. El resultado es el mismo: el coche es un problema que la ciudad no ayuda a resolver porque no tiene incentivos para hacerlo.
Lo que sí tiene la ciudad es una escala peatonal que muchos no aprovechan porque están mirando el mapa del teléfono en lugar de mirar la calle. Caminar en Nueva York es una habilidad: no esquivar a la gente como si fuera un obstáculo sino moverse con el flujo, leer el ritmo de los bloques, entender que la distancia en tiempo de caminata a menudo es menor de lo que parece en el mapa.
Deja el coche donde sea que lo tengas y no vuelvas a él hasta que salgas de la ciudad. Nueva York es una ciudad que se entiende desde abajo, desde la acera, desde el ruido del metro bajo los pies, y cualquier cosa que te eleve por encima de ese nivel te está separando de lo que hace que el lugar sea lo que es.