Dos horas y media en el LIRR desde Penn Station y se acaba la isla. Montauk es el punto más oriental de Long Island, lo que significa que es el punto más oriental de Nueva York, lo que significa que en verano es adonde va quien quiere playa sin la concentración de los Hamptons y con la consciencia de estar en el límite de algo. El tren llega, la gente baja, el océano está a diez minutos a pie.
Las playas de Montauk son largas y tienen la escala del Atlántico norte, que no es la escala del Mediterráneo ni la del Caribe: el agua es fría más tiempo del que se espera, las olas tienen peso, el horizonte está despejado y es enorme. No hay ninguna artificio en esto. Es simplemente una playa seria frente a un océano serio.
Montauk tuvo durante décadas una reputación de sitio de pescadores, de fin de mundo sin pretensiones, de lugar donde los artistas y escritores iban cuando necesitaban alejarse de la ciudad sin alejarse demasiado. Esa reputación es ahora parcialmente mítica: los precios han subido, los hoteles boutique han llegado, la temporada se ha extendido. Pero la geografía no ha cambiado.
El faro de Montauk, en el extremo de la punta, fue uno de los primeros proyectos de obras públicas del país recién fundado. Lleva funcionando desde el siglo XVIII. Desde la base del faro, los días claros, se puede ver cómo el continente termina: el agua por tres lados, el cielo enorme, nada más. Es uno de los pocos lugares del estado donde Manhattan deja de existir como referencia.
Ve en septiembre, cuando el verano se ha ido y los precios bajan y las playas vuelven a tener la escala que les corresponde. Montauk en septiembre es uno de esos sitios que se quedan, que aparecen en el recuerdo con más nitidez que muchas cosas que uno ha buscado con más deliberación.