Dos horas en Amtrak siguiendo el río Hudson y se llega a una ciudad de unos seis mil habitantes que lleva dos décadas siendo el secreto mejor guardado del estado de Nueva York. Hudson, NY, tiene una calle principal con más galerías de arte, librerías y restaurantes serios por metro cuadrado que muchos barrios de Manhattan. La diferencia es que aquí todavía existe el silencio.
Warren Street es la columna vertebral de lo que Hudson ofrece: una hilera de edificios del siglo XIX rehabilitados con el cuidado que una ciudad sin dinero federal no se puede permitir pero que aquí, por algún proceso que mezcla especulación y vocación, ha ocurrido de todos modos. Anticuarios con objetos serios, estudios de artistas, cafés donde la gente trabaja y no posa.
Hudson fue en el siglo XIX un puerto ballenero importante, luego decayó, luego fue olvidado, luego fue redescubierto por artistas que no podían permitirse los alquileres del norte de Brooklyn. El ciclo es el de siempre, pero Hudson tiene la ventaja de la distancia: dos horas en tren es suficiente para que quienes vienen de visita a comprar antigüedades un sábado no se queden a vivir.
La tensión entre la Hudson de los residentes de toda la vida —mayoritariamente clases trabajadoras con raíces en las comunidades afroamericanas e hispanas del área— y la Hudson de los recién llegados con dinero de la ciudad es real y no ha encontrado su resolución. Las tiendas de Warren Street tienen precios de Manhattan; los barrios que rodean el centro tienen otra realidad.
Toma el tren de las nueve de la mañana, camina hasta el río, come en algún sitio de la calle principal, y vuelve en el de las cinco. Hudson es el tipo de sitio que se puede visitar sin colonizar, si uno tiene la disciplina de no enamorarse demasiado ni demasiado rápido.