El parque lineal elevado es una buena idea que la masificación convirtió en pasillo de turistas con selfie stick. La High Line fue, cuando abrió, un proyecto urbano genuino: una infraestructura ferroviaria en desuso reconvertida en espacio verde sobre el nivel de la calle, con plantas autóctonas y vistas al río y al West Side. Eso sigue siendo cierto los martes de febrero a las siete de la mañana. Un sábado de julio es otra cosa.
Lo que ves en un sábado de julio en la High Line es el catálogo completo del turismo de ciudad en el siglo XXI: familias con carritos que ocupan todo el ancho del pasillo, grupos guiados que se detienen sin aviso, personas que fotografían la vista desde exactamente el mismo punto que están fotografiando otras trescientas personas, y el olor a protector solar mezclado con el de los puestos de comida instalados al pie.
El problema no es la High Line: el problema es que funciona tan bien como idea que se ha convertido en su propia caricatura. El éxito del proyecto fue inmediato y total, y ese éxito atrajo a los promotores inmobiliarios que levantaron junto a sus bordes los edificios más caros del West Side, lo que a su vez atrajo más turistas, lo que a su vez elevó los precios, en una espiral que dejó hace tiempo de tener que ver con el espacio verde original.
El vecindario que la High Line atraviesa —el Meatpacking District, Chelsea, Hell's Kitchen— es ahora uno de los más caros de Manhattan. Las galerías que se instalaron bajo el parque en sus primeros años han ido cediendo espacio a tiendas de ropa de lujo y restaurantes con precio de entrada. La gentrificación no necesitó mucho tiempo para completar el ciclo.
Si quieres la High Line que valía la pena, ve un martes de noviembre, antes de las ocho de la mañana. La niebla sobre el Hudson, las plantas muertas de invierno, y cero personas a la vista son el mejor argumento para entender qué podría haber sido esto si la ciudad hubiera sabido gestionar su propio éxito.