El mejor club de techno de Nueva York está en un local que parece un almacén de fontanería. Bossa Nova Civic Club no tiene letrero luminoso, no tiene web con fotos retocadas de gente guapa, no tiene nada que facilite localizarlo si no lo has buscado antes. La puerta es una puerta. El edificio es un edificio de Bushwick. Lo demás ocurre dentro.
El sonido es lo primero que te golpea antes de entrar: no la música exactamente sino el sistema, la presión física con la que una instalación de audio bien calibrada mueve el aire. Bushwick lleva años siendo el escenario de esto, de espacios industriales que de noche se convierten en otra cosa, pero Bossa Nova funciona con una seriedad que muchos de sus vecinos no han alcanzado.
El modelo es europeo, o más exactamente berlinés, en el sentido de que el protagonismo es del sonido y no del espectáculo alrededor del sonido. No hay pantallas de vídeo, no hay efectos visuales que compitan con la música, no hay barra en el centro de la pista que sirva de excusa para estar sin bailar. O estás o no estás.
Bushwick es el barrio que absorbió lo que Williamsburg expulsó cuando los precios subieron. El proceso se repite con la regularidad de un ciclo: el arte llega donde es barato, los precios suben, el arte se desplaza. Bossa Nova lleva en este ciclo más tiempo que la mayoría y sigue siendo el punto de referencia para quien quiere techno sin condescendencia.
Llega tarde, habla poco, escucha mucho. El Bossa Nova Civic Club no necesita que lo expliquen: necesita que lo aguantes toda la noche, porque es ahí, pasadas las tres o las cuatro, cuando la música deja de ser fondo y se convierte en argumento.