El Ansonia es uno de esos edificios de Nueva York que parecen diseñados para intimidar desde la acera. La fachada beaux-arts de 1904 acumula más ornamentación por metro cuadrado que cualquier cosa levantada en los últimos cien años en Manhattan: cúpulas, mansardas, balcones de hierro forjado, cornisas que se apilan como capas de pastel. El efecto no es recargado sino exactamente lo que pretendía ser: monumental.
Por dentro, el edificio fue concebido con la generosidad de proporción que el Upper West Side del cambio de siglo se permitía: pasillos anchos, techos altos, apartamentos que en otro contexto se llamarían casas. El promotor que lo construyó no pensó en la eficiencia, pensó en la permanencia. En eso se nota la diferencia.
El Ansonia ha alojado a músicos durante décadas, en parte por la solidez de sus muros y en parte por una tradición que se retroalimenta. Quien venía a Nueva York a tocar quería vivir donde habían vivido quienes vinieron antes. La acústica entre plantas no es perfecta pero la leyenda suple lo que falla la construcción.
El Upper West Side que rodea al Ansonia ha cambiado varias veces desde 1904. El barrio fue bohemio, luego decadente, luego gentrificado de forma tan ordenada que ya casi no queda ninguna de las tres cosas. El Ansonia mira ese proceso desde Broadway con indiferencia arquitectónica: él lleva aquí antes que cualquier inquilino del presente y probablemente durará más.
Hay edificios que son decorado y edificios que son argumento; el Ansonia es de los segundos. Detente en la esquina de Broadway con la 73 y míralo como lo que es: un acto de voluntad constructiva de principios del siglo XX que se ha negado, sin esfuerzo aparente, a envejecer mal.