Sale de la Leningradsky Station a las 23:55: el tren nocturno a San Petersburgo es uno de esos viajes que tienen un horario perfecto. Sales cuando la noche empieza a consolidarse, cruzas en la oscuridad los kilómetros de bosque entre las dos ciudades más grandes de Rusia, y llegas a San Petersburgo a primera hora de la mañana, cuando la ciudad todavía no ha empezado.
El tren platzkart —el vagón de literas abiertas sin compartimentos privados— es la opción que los rusos usan por defecto y la que más te acerca a cómo funciona realmente el país en tránsito. No hay privacidad, el espacio es compartido con desconocidos, y las conversaciones ocurren o no ocurren según la disposición de cada uno. Es incómodo en los términos del viajero occidental y completamente normal en los términos del viajero ruso.
El tren Sapsan de alta velocidad existe y tarda cuatro horas en lugar de ocho. Es eficiente, tiene wifi, y te priva de la experiencia de amanecer en un vagón que huele a té de samovar. Cada uno tiene su lógica: el Sapsan es transporte, el nocturno es viaje. La diferencia no es romántica, es funcional: a qué llegas que no llegarías de otra manera.
La Leningradsky Station tiene esa arquitectura de estación de los años cincuenta que combina ambición con escala soviet: alta, ancha, con la luz justa para que todo parezca más épico de lo que es. A las once de la noche la sala de espera está llena de gente con maletas que espera como siempre se ha esperado en las estaciones grandes: con paciencia de larga práctica.
Hay ciudades que se entienden mejor desde el tren que llegando en avión, y San Petersburgo es una de ellas: la distancia que la separa de Moscú no es solo geográfica, y atravesarla durante la noche te da tiempo para que esa diferencia se asiente antes de que la ciudad empiece. El billete es barato. Vale lo que cuesta.