Komsomolskaya: mosaicos de guerreros medievales en el techo, la escala de un palacio, la luz de una catedral. El metro de Moscú es el único sistema de transporte urbano del mundo que puede describirse con vocabulario artístico sin hipérbole. Lo construyeron como propaganda y como infraestructura al mismo tiempo, y ambas cosas funcionan.
Las estaciones del anillo interior, inauguradas entre los años treinta y los cincuenta, son el núcleo del sistema y también su argumento más poderoso. Cada una tiene un tema, una paleta, una lógica decorativa propia: Novoslobodskaya con sus ventanales de vitrales, Mayakovskaya con los mosaicos de Deineka, Ploshchad Revolyutsii con sus estatuas en bronce en los arcos. Es un programa cultural completo ejecutado bajo tierra.
Lo que la mayoría de los visitantes no percibe es que el metro moscovita lleva siete millones de personas al día, lo cual lo convierte en una de las infraestructuras de transporte más densamente utilizadas del mundo. Eso significa que la experiencia estética de las estaciones históricas ocurre en medio de una marea de gente que va al trabajo o vuelve de él. El palacio es funcional. Eso lo hace más interesante, no menos.
Las estaciones más nuevas, las de las líneas exteriores construidas en las últimas décadas, abandonaron gradualmente la ambición decorativa del período estalinista y adoptaron el lenguaje del funcionalismo soviético tardío: correctas, frías, anónimas. La diferencia entre Komsomolskaya y una estación de los años ochenta es la diferencia entre dos países dentro del mismo sistema.
El metro de Moscú es el lugar donde la ciudad muestra con más claridad lo que piensa de sus ciudadanos: que merecen trabajar y desplazarse en un espacio que tiene aspiraciones estéticas, aunque esas aspiraciones sean las del Estado y no las del individuo. Coge la línea circular completa un día sin prisa y mira el techo.