Construido en 1999 para parecer del siglo XIX: esta es la información más importante sobre el Grand Café Pushkin y también la que más incomoda a quien quiere creerle. No es un restaurante histórico que ha sobrevivido; es una simulación sofisticada de restaurante histórico, diseñada con tanto detalle y tanto presupuesto que la distinción se vuelve filosófica.
Los tres pisos del edificio —farmacia en la planta baja, biblioteca en el primer piso, terraza cubierta arriba— tienen la acumulación de detalles que solo es posible cuando alguien ha decidido que el dinero no es el límite. Las librerías, la molduras, las lámparas, los manteles: todo está bien. Demasiado bien para ser antiguo, exactamente bien para ser una reconstrucción con recursos ilimitados.
La cocina es rusa con pretensiones clásicas, ejecutada a un nivel que justifica los precios si no te importa el contexto. Los blinis, el borscht, las carnes: están bien hechos. El problema no es la calidad sino la experiencia de comer en un escenario mientras el escenario te come a ti. Hay algo extraño en pedir comida rusa en un restaurante que existe para parecer lo que Rusia nunca del todo fue.
La clientela habitual es la Moscú que tiene recursos y le gusta lo que esta ciudad llama clase: empresarios con traje, turistas extranjeros de buen hotel, familias que celebran algo importante. No es irónica, no está aquí por el kitsch: está aquí porque esto es lo que en Moscú se entiende como restaurante de categoría. La ironía la traes tú, si la traes.
El Grand Café Pushkin es un sitio perfectamente honesto sobre su propia deshonestidad: sabe que es una ficción y la ejecuta sin disculpas. Si eso te parece suficiente para comer bien en un interior espectacular, te irás satisfecho. Si necesitas que los lugares tengan historia real, busca otra dirección. Moscú tiene las dos opciones disponibles.