Caviar del Caspio, miel de la taiga siberiana, setas del bosque que no tienen nombre en occidental, quesos de Georgia, frutas de Asia Central: el Danilovsky es el mapa geográfico de lo que fue la Unión Soviética convertido en puestos de mercado. Nadie lo ha diseñado para que parezca multicultural; es multicultural porque así es como funciona el abastecimiento en este país.
El mercado ocupa un edificio que ha pasado por varias vidas y varias renovaciones, pero ha conservado lo que importa: vendedores que conocen su producto porque son los que lo producen o los que lo transportan desde donde se produce. La diferencia entre comprar aquí y comprar en un supermercado de Moscú no es estética, es epistemológica.
El puesto de setas es uno de esos lugares que justifican el viaje por sí solos si te interesa la cocina. Las variedades disponibles en temporada van bastante más allá de lo que cualquier manual europeo de micología contempla, y los precios tienen la lógica del mercado local, no la del producto exótico. Nadie está aquí para vender experiencias.
La clientela del Danilovsky es la Moscú que no sale en las fotos: cocineros profesionales que vienen temprano, familias que compran para la semana, mujeres mayores que saben exactamente qué buscan y no están para perder el tiempo. No es un mercado gentrificado que conserva la 'autenticidad' como producto; es simplemente un mercado que funciona.
Si tienes una mañana libre en Moscú y no sabes cómo usarla, el Danilovsky es la respuesta correcta. Lleva dinero en efectivo, llega antes del mediodía, y deja tiempo para el puesto de pelmeni del fondo, que es otra conversación.