En Wynwood, cuando Wynwood era todavía Wynwood. Sélavie abrió en un momento en que el barrio todavía tenía la textura de lo provisional, cuando los murales estaban en paredes de almacenes que nadie había renovado todavía y cuando una copa en una azotea era una rareza y no un formato de negocio estandarizado. Eso cambió. Sélavie sobrevivió al cambio sin convertirse del todo en lo que llegó después.
La vista desde arriba es la razón principal por la que la gente va. Miami visto desde una terraza a cierta altura tiene una geometría que no es evidente desde abajo: la cuadrícula de Wynwood, las autopistas elevadas, el skyline de Brickell al fondo, el verde que aparece donde no esperabas. No es la vista más espectacular de la ciudad, pero es la correcta para entender cómo está organizado el espacio.
El bar tiene todos los elementos del bar de azotea con ambiciones: coctelería con nombre, clientela que viene a ver y ser vista, un sonido que sube de volumen según avanza la noche. Nada de eso es un defecto en sí mismo. El defecto sería esperar algo distinto y decepcionarse con lo que siempre fue evidente.
La conversación sobre Wynwood —sobre lo que era y lo que es y lo que perdió— lleva años repitiéndose sin resolverse porque la transformación no terminó. Hay partes del barrio que ya son parque temático y partes que todavía funcionan. Sélavie está en esa zona intermedia donde lo uno y lo otro conviven sin que nadie haya ganado todavía.
Ve entre semana si puedes, antes de que los fines de semana traigan la versión más masificada. La azotea a media tarde, con luz todavía, es otra cosa.