La colección privada más importante de arte contemporáneo de Miami no está en un museo público ni cobra entrada habitual. De La Cruz Collection es lo que ocurre cuando el coleccionismo serio se combina con la voluntad de hacerlo accesible sin convertirlo en espectáculo. Las obras no están detrás de cristal y no hay señales que te indiquen cómo sentirte ante ellas.
El edificio fue diseñado para las obras, no al revés. Eso parece obvio pero no lo es: muchas colecciones privadas que se abren al público acaban siendo una casa con cuadros colgados en las paredes donde vivía alguien. Aquí la arquitectura es el soporte correcto para lo que contiene, y la escala de cada sala responde a las necesidades de las piezas que alberga.
El diseño district cambió alrededor de la colección, no al contrario. Cuando el barrio era todavía industrial y antes de que llegaran las tiendas de lujo, De La Cruz ya estaba trayendo obras que no tenían sitio cómodo en el circuito convencional de museos. Esa anticipación no fue casual: fue criterio aplicado antes de que el mercado llegara a las mismas conclusiones.
Las visitas funcionan con horarios acotados y grupos controlados. No hay tienda en la salida, no hay café con nombre de diseñador, no hay merchandising de ninguna pieza. Lo que hay es arte y espacio para mirarlo, y eso en Miami es ya una forma de rareza.
Reserva con antelación porque las plazas son limitadas, y ve dispuesto a quedarte más de lo que pensabas. La colección no se agota en una primera vuelta.