Richard Rogers y Antonio Lamela diseñaron la terminal cuatro de Barajas con bambú en los techos y luz natural que no se parece a la de ningún otro aeropuerto del mundo. Que un aeropuerto gane el Premio Stirling es una anomalía estadística que dice algo sobre la calidad del edificio: los Stirling no van a infraestructuras por cortesía.
La T4S es la satélite que se conecta a la T4 por un tren subterráneo, y tiene una escala que la diferencia de las terminales convencionales de vuelos intercontinentales. Los techos ondulados con los módulos de bambú crean una cadencia de luz que cambia a lo largo del día y que hace que el espacio no sea el mismo a las seis de la mañana que a las tres de la tarde. Eso no es habitual en la arquitectura aeroportuaria, que tiende a la uniformidad luminosa como forma de neutralizar el tiempo.
El color que entra por las claraboyas no es blanco sino que varía con el ángulo del sol, y los tonos cálidos del bambú lo absorben y transforman. El resultado es un interior que parece respirar, lo cual es una descripción que los arquitectos usarían con cautela pero que describe con precisión lo que se experimenta dentro. Un aeropuerto que parece respirar es un aeropuerto que sus usuarios no odian, lo cual ya es bastante.
La mayoría de la gente que pasa por la T4S está en tránsito o llegando de un vuelo largo y no tiene disposición para apreciar la arquitectura. Eso es una pérdida, porque el edificio merece más atención de la que recibe de la mayoría de sus usuarios. La paradoja de diseñar bien los espacios de paso es que quienes más tiempo los ocupan son los que menos los miran.
El Premio Stirling que ganó la T4 no es un dato para el pie de foto: es la confirmación de que se puede construir infraestructura pública a escala con la misma seriedad que se construye un museo o un teatro. La próxima vez que pases por ahí con tiempo, levanta la cabeza y mira los techos. La luz que entra no es accidental: alguien la diseñó exactamente así.