Danza, teatro, instalaciones que no piden disculpas por ser difíciles. Esa es la declaración de intenciones de los Teatros del Canal, y la programación la sostiene con una consistencia que no siempre se da en los espacios públicos de cultura, donde la presión de llenar butacas puede doblar el criterio artístico antes de que nadie lo note.
El complejo está en Cea Bermúdez, en un edificio que no pasa inadvertido por su escala pero que tampoco tiene la prepotencia de los grandes equipamientos culturales que se construyeron en España como declaración de modernidad. Funciona como lo que es: un espacio de producción y exhibición artística que tiene la infraestructura técnica para lo que pretende hacer.
La programación de danza contemporánea es donde los Teatros del Canal han construido su reputación más sólida. Compañías y coreógrafos que en otras ciudades llenan los teatros más importantes del mundo pasan por aquí con una regularidad que convierte el espacio en un punto de referencia dentro de los circuitos internacionales, no solo nacionales.
La dificultad que la programación no pide disculpas por tener es real. No todo lo que se programa tiene un público amplio garantizado, y el espacio asume ese riesgo con más convicción de la que la mayoría de las instituciones públicas están dispuestas a asumir. Cuando funciona, produce experiencias que no tienen equivalente en la ciudad. Cuando no funciona, produce fracasos interesantes, que es el tipo de fracaso que vale la pena.
Un espacio que programa lo que cree que hay que programar en lugar de lo que sabe que va a llenar tiene una integridad que el espectador agradece aunque no siempre lo sepa. Mira la programación con tiempo, arriésgate con lo que no conoces, y acepta que en los Teatros del Canal la incomodidad no es un error de programa sino a veces el punto.