Treinta años representando artistas que no necesitan explicación es una afirmación que solo se puede sostener si es verdad, y en el caso de Max Estrella se sostiene. La galería de Santo Tomé 7 no ha necesitado cambiar de coordenadas para seguir siendo relevante en un mercado del arte que se mueve mucho y con frecuencia se mueve en la dirección equivocada.
El barrio de las Letras tiene una densidad de galerías que no siempre se corresponde con una densidad equivalente de criterio. Max Estrella sobresale en ese contexto no por el tamaño del espacio ni por la agresividad de su comunicación, sino porque la selección de artistas y la manera de mostrarlos tienen una coherencia que se percibe incluso antes de leer las notas de sala.
Tres décadas en el mismo negocio implica haber sobrevivido a las crisis del mercado del arte, a los cambios de gusto, a la aparición de nuevos formatos de galería, a la competencia de las ferias internacionales que desplazan la atención y el dinero fuera de los circuitos locales. Sobrevivir no es suficiente: seguir siendo una referencia es otra cosa.
La galería no hace ruido innecesario. Las inauguraciones no son eventos de visibilidad social: son exposiciones. El trabajo de comunicación existe, pero no ocupa más espacio que el trabajo curatorial, lo cual en el mundo de las galerías actuales es casi una rareza. El arte no compite con la performance de presentarlo.
Una galería que dura treinta años en el mismo sitio representando artistas que no necesitan ser explicados ha resuelto el problema más difícil del sector. Entra sin agenda, mira lo que hay, y si tienes una pregunta el equipo la responderá sin hacerte sentir que deberías haberla sabido antes de entrar.