Una imprenta del siglo XIX convertida en espacio gastronómico sin perder la arquitectura que la hacía necesaria. Eso es más difícil de conseguir de lo que parece: la mayoría de las reconversiones borran la historia del edificio para empezar de cero. Aquí las vigas son las mismas, la escala es la misma, y el espacio recuerda lo que fue aunque ya no lo sea.
La calle Duque de Alba, en el borde de La Latina, es una de esas calles de Madrid que no están en el mapa mental de los visitantes pero que los madrileños usan de forma natural. El Imparcial ocupa el lugar de manera consecuente con su entorno: no intenta ser el sitio más llamativo de la zona, solo el más sólido.
El nombre viene del periódico que se editó durante décadas en ese edificio, y esa herencia no es solo sentimental. Hay algo en la idea de que el mismo espacio que procesaba información para distribuirla ahora procesa ingredientes con la misma lógica: entrada, transformación, salida. La cocina no hace filosofía de ello, pero el espacio lo sugiere.
El menú cambia con la temporada y sin el alarmismo de los que necesitan comunicar cada cambio de carta como si fuera un acontecimiento. Hay una estabilidad de criterio que no depende de la novedad permanente. Eso es menos frecuente de lo que parece en un momento en que la restauración madrileña vive de ciclos cortos de atención.
Lo que hace que El Imparcial funcione no es el edificio: es que el edificio y lo que ocurre dentro no se contradicen. El espacio tiene carácter y la cocina tiene criterio, y cuando esas dos cosas se alinean el resultado no necesita ser explicado. Funciona solo.