El mercado cubierto de 1887 antes de que lleguen los turistas del mediodía es una cosa distinta al mercado cubierto de 1887 a las doce y media. Spitalfields, el original, funcionaba para el East End: verduras, flores, el tráfico de mercancías que alimentaba el barrio textil. Lo que funciona ahora es otra cosa, más sofisticada y más cara y menos necesaria.
La estructura de hierro y cristal sigue siendo lo que es: una obra de ingeniería victoriana que aguanta el tiempo mejor que la mayoría de lo que se construyó alrededor. Los puestos de dentro cambian. El edificio no cambia. Esa permanencia es lo que hace que el mercado siga teniendo algo, aunque lo que tenga no sea lo que tuvo.
El barrio hudgonote que lo rodea es uno de los depósitos históricos más concentrados de Londres. Las casas georgianas de Fournier Street y Princelet Street sobrevivieron por negligencia cuando el barrio era pobre, y ahora son joyas de conservación cuando el barrio es caro. La ironía del patrimonio urbano es que siempre llega tarde.
Hawksmoor diseñó Christ Church al final de Commercial Street y el edificio sigue produciendo el efecto que producía en 1729: una masa de piedra blanca que aplasta su entorno con una autoridad que no pide permiso. Los que van a Spitalfields sin entrar en la iglesia se pierden la mitad del argumento del barrio.
Llega a Spitalfields a las ocho de la mañana cuando los comerciantes están montando los puestos y la luz entra oblicua por el cristal del techo. A esa hora el mercado todavía tiene proporción. A las doce ya es otra cosa: más llena, más ruidosa, más parecida a sí misma como imagen que a sí misma como lugar.