El tour nocturno de Whitechapel que lleva treinta años vendiendo el mismo relato sobre crímenes del siglo XIX es uno de los negocios más estables de Londres. Las muertes de cinco mujeres en 1888 han generado decenas de libros, series de televisión, teorías conspirativas y una industria turística que no tiene indicios de agotarse. Eso debería hacernos pensar.
El guía con bombín y linterna lidera el grupo por calles que han cambiado tanto que la geografía apenas sobrevive. El escenario de los crímenes está sepultado bajo décadas de demoliciones, reconstrucciones y el Bangladeshí Whitechapel que llegó después de la guerra. Lo que el tour vende es una atmósfera reconstruida, no un lugar preservado.
Las víctimas tienen nombre: Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine Eddowes, Mary Jane Kelly. Son mujeres, eran pobres, y durante ciento treinta años la narrativa dominante se ha centrado en el asesino y no en ellas. Algunos tours alternativos han intentado corregir esto en los últimos años. La mayoría del mercado no lo ha hecho.
Whitechapel tiene una historia propia que el tour reduce a telón de fondo. La migración judía, la industria textil, los sindicatos de trabajadores, la mezquita más grande de Europa, los murales de Zabludowicz: el East End actual tiene más capas de las que caben en una linterna.
El Jack the Ripper Tour persiste porque la oscuridad vende mejor que la complejidad. Si decides hacerlo, elige uno de los que ponen a las víctimas en el centro. Si decides no hacerlo, Whitechapel de día es un barrio que justifica el viaje por razones completamente distintas y considerablemente más vivas.