La casa del siglo XVIII que Dennis Severs restauró y habitó como si fuera 1724 no es un museo en ningún sentido convencional. No hay cartelas, no hay audioguía, no hay recorrido sugerido. Lo que hay es una casa que parece acabada de dejar: las velas encendidas, la comida a medio terminar en la mesa, el fuego todavía vivo en la chimenea. Los habitantes acaban de salir.
Severs era americano, llegó a Spitalfields cuando el barrio era barato y hugenote y dejado, y se quedó. Compró la casa, la llenó de objetos del período, y decidió habitarla como si el tiempo no hubiera pasado. No como performance para turistas, sino como convicción personal. Las visitas nocturnas con velas que organizó en vida son ahora un rito menor de Londres.
El barrio hugonote de Spitalfields tiene una historia de llegadas y salidas: los hugonotes que huyeron de Francia, los judíos del este de Europa, los bengalíes. Las casas georgianas que sobrevivieron lo hicieron a pesar de todo, no gracias a nada. Cuando Severs llegó, algunas de estas casas valían casi nada. Lo que valían era el tiempo que habían acumulado.
La experiencia funciona mejor en las visitas nocturnas de invierno, cuando la oscuridad exterior hace que el interior parezca todavía más improbable. La oscilación entre credulidad e incredulidad —¿esto es real? ¿qué es exactamente real aquí?— es el punto. Severs entendía que la ilusión requiere complicidad.
Dennis Severs' House es el antídoto al museo contemporáneo, donde todo está explicado para que nada tenga que ser sentido. Aquí se siente primero y se entiende después, o no se entiende, que también es válido. En todo caso, uno sale de la casa pensando en el tiempo de otra manera.