El mercado que fue punk en los ochenta y que hoy vende camisetas de bandas a turistas que nacieron después de que esas bandas se separaran no es una decepción: es exactamente lo que tenía que pasar. Camden siempre fue un escenario. Lo que ha cambiado es quién está sentado en el patio de butacas.
En los años en que importaba, Camden era donde la ciudad se definía a sí misma de noche: la música en los sótanos, la ropa que no existía en ninguna otra parte, la sensación de que algo estaba ocurriendo y que uno podía estar presente. Esa energía era real. No hay forma honesta de reproducirla.
Lo que queda es enorme y funciona como maquinaria turística. Los puestos de comida del mercado cubierto son genuinamente buenos: hay representación de media docena de cocinas distintas y los precios son razonables. Los canales tienen su propia lógica en verano. Si uno viene sin expectativas punk, Camden entrega lo que tiene.
El Roundhouse sigue siendo el Roundhouse. El Jazz Café sigue siendo el Jazz Café. La música no murió en Camden, solo se especializó. Los locales que siguen importando son los que ignoraron la nostalgia y siguieron adelante con lo suyo.
Camden ya no es el lugar donde pasa algo: es el lugar donde pasó algo, y esa es una categoría completamente diferente. Visítalo por lo que es ahora, no por lo que fue. Y si quieres entender lo que fue, pregunta a alguien que tenía veinte años en 1985.