El complejo residencial brutalista de los años setenta que los arquitectos del mundo entero vienen a ver no fue diseñado para ser admirado desde fuera. El Barbican se construyó para vivir dentro de él, para que sus habitantes pudieran ir del apartamento al teatro y a la piscina sin pisar la calle. Esa ambición casi soviética —la ciudad como cápsula autosuficiente— es lo que hace que el proyecto resulte tan raro y tan necesario al mismo tiempo.
Vista desde la pasarela elevada en un día gris de noviembre, la masa de hormigón se vuelve casi abstracta. Los balcones con sus jardineras, los lagos artificiales, las torres que sobresalen cuarenta pisos por encima del nivel de la calle: hay algo en la escala que aplasta la ironía. No es bello en ningún sentido convencional, pero tampoco aspira a serlo. Aspira a durar, y de momento lo está consiguiendo.
El barrio fue arrasado por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y quedó como solar durante años. Lo que hoy parece una declaración estética fue en su origen una respuesta pragmática a la devastación: hay que construir, hay que construir rápido, y mejor construir a lo grande. El brutalismo aquí no es ideología, es consecuencia.
Los que viven dentro llevan décadas resistiendo la tentación de irse. Los pisos del Barbican se venden caros y se compran deprisa, lo que dice algo sobre cómo funciona la reputación de un lugar cuando se asienta. El Centro de Artes tiene su propia vida: música, cine, exposiciones con criterio. No es un museo del hormigón, es un organismo que todavía funciona.
El Barbican es el único sitio en Londres donde el futuro que no llegó sigue en pie. Ven en semana, no en fin de semana con grupos guiados. Recorre las pasarelas a tu ritmo, asómate a los jardines interiores, y luego entra a ver algo en la sala de conciertos. Eso es lo que el complejo pide: que se use, no que se fotografíe.